Crítica de «Toni Erdmann»

Cada vez es más normal encontrar en nuestra sociedad gente que vive para trabajar, en lugar de trabajar para vivir. Personas que se definen a sí mismas por su profesión, en vez de por su forma de ser o sus intereses. Esclavos de sus obligaciones, que continúan con su día a día como autómatas. Sin plantearse si realmente les gusta lo que hacen.

Éste es el caso de Inés, la protagonista de “Toni Erdmann”. Una mujer que vive por y para su trabajo en una prestigiosa consultora. Un día, Inés recibe la inesperada visita sorpresa de su padre. “¿Eres feliz?” le preguntará él abiertamente. Una cuestión en apariencia sencilla, pero que le hará replantearse completamente su estilo de vida.

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-¡Ciiityyy of staaaaaaaaaars!

Padre e hija suponen los ejes en los que se fundamenta esta película. Dos personas pertenecientes a generaciones distintas, y con formas muy diferentes de ver la vida. Una centrada en el trabajo, y otro en hacer bromas a la más mínima oportunidad. Ambos personajes están tremendamente bien elaborados, y presentan una evolución clara a lo largo de la trama.

Desde el primer momento resulta evidente que su relación dista mucho de ser perfecta. Está claro que se quieren, pero las enormes diferencias que hay entre ellos hacen que sus encuentros estén plagados de silencios incómodos. Momentos tensos que se incrementarán a medida que van conviviendo, evidenciando lo difíciles que pueden ser las relaciones de familia. Y es que, al fin y al cabo, no podemos elegir de dónde venimos.

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Cuando la bola de pelo que se queda en la ducha te saluda

Pero, pese a la importancia de las relaciones familiares, el tema centrar de “Toni Erdmann” no es otro que la felicidad. La simple pregunta “¿Eres feliz?” es la que desencadena todo el conjunto de reflexiones que se producen. De pronto, todo aquello que formaba parte de la vida de la protagonista, comienza a aparecer desde un nuevo punto de vista. Todo parece más frío y banal. Como si su vida personal careciese totalmente de significado.

El contraste con esta situación lo ofrece el padre, y su particular sentido del humor. Sus bromas causarán una profunda irritación a la hija, pero también le mostrarán el efecto tan positivo que tiene la risa. Se trata de una película que no sólo apuesta por el humor en su trama, sino que además lo promueve como un elemento clave en nuestra vida.

El mayor problema de la obra de Maren Ade es su excesiva duración. Es cierto que su estilo, mezcla de comedia y drama, requiere tiempo para desarrollar plenamente ambas vertientes. Pero casi 3 horas de metraje son demasiadas, lo que provoca que sus grandes momentos se vean demasiado diluidos entre otros más insulsos. Dando un resultado final tan lleno de altibajos, que empobrece sus aspectos positivos.

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La Claqueta Metálica

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