Son uno de los clásicos del periodo estival, en las grandes ciudades pero también en pueblos que ganas algo de vida en agosto. Desde instituciones artísticas a multisalas pasando por concejalías de cultura y fiestas, nadie quiere dejar su entorno sin un cine de verano.
Los hay en la playa, en jardines o sobre pleno asfalto (la noche rebaja sus efectos calurosos). Las formas de los cines de verano son casi tan variadas como las del propio cine, y hacen de cada película una experiencia todavía más única de lo que es en sí misma.
No faltan las molestias, es cierto, como los cascos asesinos o el calor asfixiante de la sala veraniega del Doré en Madrid. Pero merecen la pena y acaban produciendo imágenes hermosas de celebración y comunión en la audiencia, como un público transversal coreando los temas de Talking Heads en la proyección de ‘Stop Making Sense’ junto al Palau de la Música de Valencia.
Clásicos, estrenos, remasterizaciones…
Sesiones familiares o coloquios picantes, lo único importante es disfrutar de una película sustituyendo la oscuridad de la sala por la del cielo. En lugar de encerrase en uno mismo, es una forma de acercarse al cine desde lo colectivo. Una pantalla que nos hace converger.
No diré que los cines de verano son una forma de resistencia, pero sí son un plan cuya recuperación y auge en los últimos años invita al optimismo. Quizá lo (único) bueno del auge de las plataformas es que obligan a los exhibidores a echarle inventiva, a convertir las proyecciones en una experiencia. Y ahí los cines de verano triunfan, porque no hay mejor experiencia veraniega que disfrutar la noche olvidando las preocupaciones del resto del año.
