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Mis problemas con ‘MIENTRAS DURE LA GUERRA’ de Amenábar | Análisis y explicación

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Ya fuesen «Venceréis pero no convenceréis’, o «Vencer no es convencer» las palabras exactas que Unamuno pronunció en su discurso el  12 de octubre de 1936 en la Universidad de Salamanca durante el Día de la Raza, ese es precisamente el sentimiento que ha creado ‘Mientras dure la guerra’, que ha vencido en la taquilla el primer fin de semana desde su estreno pero que parece no haber convencido en su estampa de la guerra ni de Unamuno. Y es que Amenábar vuelve a firmar un retrato frío, sobrio y académico; una película a la que le falta una mirada crítica y una reflexión profunda. Pero además de ser un proyecto que sigue sin sacar al mejor Amenábar, al de sus comienzos, es también ideológicamente confusa y cobarde. Y es precisamente de ahí de donde vienen mis problemas con ‘Mientras dure la guerra’.

A pesar de que el director asegura centrarse en la figura de Unamuno y su cambio de mentalidad (de apoyar el golpe de Estado a acabar criticando la actuación de los nacionalistas) hay dos tramas bien diferenciadas dentro de la película. Una, claro está, la del intelectual bilbaino achacado por sus propios ideales; y la otra, la de Franco ascendiendo al poder y plantándose como generalísimo liderando el bando nacionalista. De hecho, el título de la película hace alusión a la estancia de Franco en el poder mientras durara la guerra, algo que luego se obvió deliberadamente para acabar cuarenta años como dictador. Pero aún siendo conscientes de que esa segunda parte tiene el mismo peso que la primera, han decidido apoyarse en la figura de Unamuno para así desquitarse de problemas, vendiendo a Franco como un figurante en vez de un co-protagonista. 

Karra Elejalde como Miguel de Unamuno y Santi Prego como Francisco Franco en ‘Mientras dure la guerra’

Y precisamente en Unamuno se escuda para tratar el conflicto de puntillas, convirtiendo la guerra en una anécdota que no parece real donde el bando republicano no tiene cabida. Curiosamente ‘La trinchera infinita’, la otra película con la Guerra Civil como contexto que pudimos ver en el Festival de San Sebastián, solo necesita cinco minutos para mostrarnos la crudeza de la guerra, entre disparos, muertes, miedo, sufrimiento y desesperación que generan una sensación constante de peligro. Porque aunque el argumento tome otro camino, el telón de fondo es importante para introducirnos de lleno en la historia. Pero en la película de Amenábar los muertos aparecen como parte del decorado escondidos entre la hierba alta, los disparos son ausentes y el peligro no se siente real; los republicanos no mueren, desaparecen y la guerra queda resumida en el asedio a Toledo, un episodio que además fue propaganda nacionalista a favor del Régimen.

Menos aún ayuda que el bando nacional esté retratado como una caricatura burlesca. No solo Franco, al que su altura, voz y bigote le otorgan ya de por si una apariencia ridícula; sino el resto de los sublevados, desde los falangistas pintados como analfabetos con pocas luces hasta el propio Millán Astray, que bien podría ser un nuevo villano de la fase cuatro de Marvel. Y esa comicidad del enemigo, creada por el propio enemigo (si la burla fuera hecha por las víctimas tendría más sentido) convierte a los villanos en un chiste y la guerra en un disparate.

Tampoco está acertado en su discurso ideológico donde deja de manifiesto que ambos bandos actuaron por igual, solo que unos acabaron en el poder y los otros tuvieron que resignarse. La reunión entre Unamuno y su amigo antes de «desaparecer», más digna de twitter que del debate de dos intelectuales, nos muestra una visión torpe y edulcorada del conflicto que se vive en España. Hasta el punto de convertir uno de las tragedias más grandes que ha vivido nuestro país en los últimos años en una disputa entre amigos a los que se le calienta la lengua. Y  además la escena está acompañada por una secuencia de planos con la cámara cada vez alejada que se burla del conflicto hasta caer en la ridiculez máxima.

Fotografía de Unamuno y Millán Astray dándose la mano tras el discurso

Pero vayamos ya al final, al momento álgido para el que está construida supuestamente toda la película, el discurso de Unamuno en la Universidad de Salamanca. Un discurso que Amenábar asegura haber reconstruido fielmente y que sin embargo decide tomarse más de una licencia dramática. Porque aunque es cierto que su discurso provocó que le dieran un toque de atención desde el bando nacional y que algunos aliados le trataran de traidor, no se llegó a una situación tan tensa en la que se jugara el propio cuello como el director retrata. Y mucho menos que la mano de la esposa del generalísimo fuera su salvavidas para abandonar el recinto sano y salvo (ese blanqueamiento de Carmen Polo como la superheroína de los collares es tan incómodo de ver como preocupante en su análisis). Incluso el propio Millán Astray le dio la mano tras el discurso en lo que quedaría retratado como una fotografía de archivo. ¿Por qué entonces hacer toda una película para llegar a ese momento y cuando finalmente llega cambiar una gran parte?

Desgraciadamente esa no es la única pregunta que queda en el aire tras visualizar ‘Mientras dure la guerra’ y la reflexión nos lleva a cuestionarnos cada decisión que toma Amenábar. ¿Por qué firma una película sobre Unamuno y acaba dedicándole la mitad del tiempo a Franco? ¿Por qué no hay guerra durante la guerra? ¿Por qué insiste en vender los dos bandos como iguales? ¿Por qué trata tan descaradamente de usar el humor para suavizar a los villanos? Y sobre todo, ¿por qué meterse en este berenjenal para luego ser tan cobarde?