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CRÓNICA 68 FESTIVAL DE SAN SEBASTIAN. (2)

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Ya podemos dar por finalizada prácticamente la 68ª edición del Festival de San Sebastián. Incluso ya ha sido revelada la película sorpresa de este año, el documental filmado por Abel Ferrara durante el confinamiento, Sportin Life, con presentación del director de Teniento corrupto. Tras su paso por el Festival de Venecia la película de Abel Ferrara promete ser una crónica anárquica y necesaria fiel a los tiempos que vivimos. Así, solo faltan las sorpresas del Palmarés.

Este año la Concha de oro corre a cargo de un jurado presidio por Luca Guadagnino. El director de Call me by your name, que ha presentado en Donosti la miniserie We Are Who We Are, deberá decidir la mejor película junto al actor Joe Alwyn; la productora de Mediapro Marisa Fernández Armenteros, que ha trabajado con Fernando León de Aranoa, Isabel Coixet y Javier Fresser; el director mexicano Michel Franco, que este año presentó la perla Nuevo Orden, y la diseñadora de vestuario de Ken Loach, Javier Rebollo y Víctor García León, Lena Mossum.

A eso vamos, pues, a la Sección Oficial. Una sección que ha estado extremadamente marcada por las películas con el Sello Cannes, cuya edición de 2020 hubo de cancelarse a causa del SARS-Cov-2. Passion simple, In the Dusk, True Mothers, Verano del 85, Druk y Beniginning llegaron del festival francés. De algunas de ellas ya hemos hablado. Entre el resto de películas hubo una fuerte apuesta por el cine asiático (Any Crybabies Around? y Wuhai se suman a la película de Naomi Kawase) y una significativa ausencia de películas españolas acompañando a Akelarre y a la excelente Courtroom 3H. Por primera vez no se habrá visto en San Sebastián la película española del año. Algo lógico, pues la mayoría de las producciones que deberían haber concursado en San Sebastián, principalmente las nacionales (quien esto escribe estaba deseando ver lo nuevo de Manuel Martín Cuenca), tuvieron que postergarse.

Imagen de ‘True Mothers’

A estas películas a concurso hay que sumar el reportaje musical sobre el líder de The Pogues producido por Johnny Depp, y que a pesar del buen rato que la música de Shane MacGowan hace pasar no debería haberse programado jamás a competición; el drama indie Supernova, que retoma la línea de programación entre la contención y el azúcar que el año pasado representaba Y llovieron pájaros; y la muy especial y sutil película argentina Nosotros nunca moriremos.

Es en las películas con el sello Cannes que encontramos las dos películas favoritas de esta edición. Ambas polémicas. Ambas polarizaron al público. ¿Es Druk una apología al alcoholismo o una crítica? Más bien habría que decir que Thomas Vinterberg problematiza la cuestión antes que dar respuestas fáciles en estos tiempos de polarizaciones tribales en redes. Aún más divide Beginning, el debut en largometraje de Dea Kulumbegashvili.

BEGGINING

Apunten ese nombre; para bien (o para mal) parece destinado a convertirse en un habitual de festivales. Su cine está hecho para ello: planos fijos y amplios, muy bien compuestos, poéticos (incluso cuando retratan una violación), de resonancias bíblicas, sostenidos más tiempo de lo soportable. La historia: la esposa de un líder en la comunidad de Testigos de Jehová de una provincia georgiana sufre el acoso sexual y las agresiones de un hombre que dice ser policía.

No es una película fácil. Ni de disfrutar, ni de comprender en sus eclécticas (¿gratuitas?) referencias bíblicas y simbólicas, pero tampoco de desestimar. La han caracterizado como una mezcla entre Tarkovski y Haneke, y no se me ocurre mejor definición. De Tarkovski por al mantener los planos, con esos encuadres tan compuestos, la directora los trasciende alcanzando otra cosa, pero que en este caso tiene más que ver con la violencia que con el deseo o el espíritu.

Imagen de ‘Beggining’

Aquí es donde entra Haneke: se trata de una película cruel pero, al contrario que el director austriaco, Dea Kulumbegashvili no está interesada en examinar con un bisturí las tensiones religiosas y de género de su sociedad, ni de plantear un experimento donde los personajes son marionetas, sino que emplea su estilizado y abstracto dispositivo para distanciarse de los personajes y de la acción (apenas sabemos de la protagonista más que su condición de víctima; no hay simpatía posible en la puesta en escena) al tiempo que reproduce mediante shocks y tensiones cocidas a fuego lento los mecanismo de la agresión sexual. Un equilibrio entre el morbo y la abstracción que parece querer reproduce exclusivamente el daño y el proceso de victimización.

PASSION SIMPLE

Para quien esto escribe es aún más transgresora y brillante Passion Simple. Una historia, como su título indica, simple. Trata de una mujer que descuida su trabajo y su hijo por una pasión loca y sin sentido hacia un hombre casado, un ruso abierto defensor de Putin que impone sus normas a la protagonista. En esta simplicidad, mucho más compleja de lo que parece (la protagonista ama la pasión antes que a la persona), encuentra la directora Danielle Arbid el núcleo de una puesta en escena centrada en el deseo, tanto cuando estalla en los encuentros sexuales como cuando se manifiesta en una espera obsesiva.

Imagen de ‘Passion Simple’

Una puesta en escena que, salvando las distancias, recuerda a la Claire Dennis de Viernes noche. Y aún hay un par de capas más: el uso irónico (o kitsch) de las baladas románticas de Gilbert Bécaud, Marino Marini o Leonard Cohen; o la pregunta que se enuncia directamente en la película aunque aplicada a otro personaje. ¿Qué es lo que juzgamos: el deseo de una mujer o que abandone sus roles como madre y trabajadora?

Courtroom 3H

Para terminar, una mención especial a Courtroom 3H. Tal vez lo mejor que uno ha visto este año en el festival. Pero eso merece tener su artículo propio, uno dedicado a lo mejor de esta 68ª edición, tan especial, del Festival de San Sebastián.

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