Crítica de ‘7 deseos’

‘7 deseos’ no consigue aterrorizar lo suficiente para gustar a los fans del género, ni ser lo suficiente ridícula para ser disfrutada como joya del anticine.


Joey King es una joven de 17 años que goza de bastante poca popularidad en el instituto. Un día, encontrará una antigua caja china de música, con una inscripción diciendo que puede conceder deseos a su dueño. Joey pedirá todo aquello que necesita para arreglar su vida, pero pronto verá que cada deseo viene con un alto precio a pagar.

Si la premisa de la película ya no resulta demasiado original, su desarrollo no se despega en lo más mínimo de la mayoría de los clichés del cine. La protagonista marginada, el chico guapo para el que parece ser invisible, las animadoras que se ríen de ella en los pasillos. Casi cualquier aspecto de la vida personal de Joey se puede predecir simplemente comparándola con “Princesa por sorpresa”.

7 deseos
Los abre-fácil de ketchup del McDonalds

Pero si la trama personal es previsible, su apartado de terror tampoco innova demasiado. La película alterna los dramas personales con las desgracias causadas por la caja, siguiendo un estilo calcado al de la saga ‘Destino final’. Solo que, si bien dicho estilo podía resultar original en un primer momento, a estas alturas ya no va a lograr sorprender a nadie.

A este problema se una, además, la ridiculez de muchas de sus escenas. Lo que se suponía que debía ser una historia movida entre el terror y el drama, resulta en realidad una mezcla de vergüenza ajena y comedia involuntaria. Lo único verdaderamente aterrador de ‘7 deseos’, es que alguien pensase que aquello podría funcionar.

7 deseos
Típico acné adolescente

Al margen de eso, al menos hay que reconocer que la película no resulta lenta. Y, aunque sea por accidente, logra divertir en algunos momentos. Pero ni consigue aterrorizar lo suficiente para gustar a los fans del género, ni ser lo suficiente ridícula para ser disfrutada como joya del anticine. ‘7 deseos’ se queda en el punto justo de mediocridad, logrando que nuestro único deseo sea no haberla visto.

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